Estoy embarazada y quiero abortar

El 16 de Septiembre de 2012, mientras Maravilla Martínez le arrebataba el título mundial a Chávez en Las Vegas yo me practicaba un aborto con Misoprostol en mi casa junto a cuatro amigos.

¿Cómo llegué a esa instancia?

El 10 o 12 de septiembre de 2012 estaba dando clases. Específicamente, participaba del acto por el día del maestro, un acto chiquito en la escuela N° 22 de General San Martín. Me puse a llorar. Por un segundo se detuvo el mundo y quedé sola frente a la certeza de que estaba embarazada. No quiero ser madre.

Salí de la escuela, fui hasta la farmacia de la esquina y me compré un test de embarazo.
Llegué a casa, me metí en el baño y las dos rayitas no tardaron más de un minuto en aparecer.
¿Qué hago? No quiero ser madre, quiero seguir estudiando, quiero viajar. No puedo cuidar una planta, ni siquiera un cactus que necesita poco riego.

Crucé en frente de casa, donde vive quien fue mi pediatra. Toqué su timbre y le dije que necesitaba hablar con él urgente. Me atendió en su consultorio, cuando nos sentamos lo miré y dije: “Estoy embarazada y quiero abortar”.
Tenía 24 años, ya no estaba para pediatra, pero se ve que sí estaba para que me dijeran qué hacer con mi cuerpo. Acto seguido, me respondió: “Tamara pensalo bien, hay mujeres que quedan muy mal después de hacer esto”. Con el corazón estrujado le dije: “Yo sé lo que quiero, ayúdame”.

Como condición, me pidió que le cuente a mi papás y que fuera al médico para saber de cuánto y cómo estaba. Salí, caminé tres cuadras completamente aturdida, crucé la estación y fui a los consultorios médicos de mi obra social.

Le dije a la recepcionista que necesitaba ver a un ginecólogo. Esperé un rato, hasta que una doctora abrió una puerta y dijo: “Grinberg”. Se me paró el corazón. Caminé hacia ella, me abrió paso y antes de tomar posición en su escritorio me preguntó que me andaba pasando. Mientras hacía el ademán de sentarme respondí: “Estoy embarazada y quiero abortar”. Se levantó de su silla, dio vuelta a su escritorio y dijo: “Yo no hago esas cosas, si querés hacer eso te confundiste de lugar”. Me abrió la puerta y salí.

Lloré afuera, ahora tenía más problemas que una hora atrás. Quería abortar y, por más segura que yo me presentara, había un mundo que iba a juzgarme por hacerlo.
Decidí llamar a un amigo que era estudiante de medicina. Le dije: “Estoy embarazada y quiero abortar”. Me contestó que a la tarde venía a mi casa, que no me angustie y que había maneras. Le hice caso, me fui a trabajar. Le conté a mis amigas, a mis papás y a mi hermano. Ninguno juzgó mi decisión, ninguno me preguntó de quién era o qué había hecho.

Nadie me preguntó “¿Estás segura?, ¿Lo pensaste bien?”. Tuve la suerte de tener una mamá y un papá que me respetaban, así como respetaban que era mi cuerpo y mi decisión. Recibí amor, afecto y comprensión. Pero todavía faltaba mucho.

Puse la pava. Llegó Mariano, mi amigo estudiante de medicina, con un libro: “Todo lo que querés saber sobre cómo hacerse un aborto con pastillas”. Hablamos mucho, le conté todo. Su consejo fue: “Leelo que, además de las cuestiones médicas, el libro explica todo lo relacionado con la ilegalidad”. Me tomó dos o tres horas hacerlo, debía conseguir las pastillas. Era imposible conseguir una receta de un médico, imposible también que te las vendieran sin receta. Mi desesperación iba en aumento.

Dos días después seguía sin conseguirlas, moví todos los contactos que pudieran ayudarme.
Hasta que en una farmacia perdida de Camino Negro el padre de un amigo las consiguió. Salían 800 pesos, que serían dos lucas de hoy. El 16 de septiembre de 2012 Maravilla Martínez le arrebataba el título mundial a Chávez en Las Vegas y yo practicaba un aborto con Misoprostol en mi casa junto a cuatro amigos.
No funcionó. Me dolió un poco la panza y nada más. Ni pérdidas ni sangrado. El libro explicaba: “Una vez hecho el procedimiento tenés que ir al hospital y que te realicen los estudios necesarios para saber si todo salió bien. Andá sola, el acompañante es cómplice del delito”.

Entré sola a la guardia de la Corporación Médica de San Martín y le dije a la chica que me atendió: “Intenté un aborto con Misoprostol, quiero ver a un ginecólogo”. Me dieron un número y me senté a esperar. Dijeron mi apellido otra vez. Entré al consultorio y le conté a una doctora como fue. No me habló, ni tampoco me revisó. Extendió dos o tres órdenes de estudios y me explicó dónde ir. “Es un bebé fuerte, mirá lo que bancó” me dijo el tipo que me hizo la ecografía mientras me pasaba el aparato por mi abdomen. Medía dos centímetros y estaba de un mes y una semana.
Salí y afuera me estaban dos de mis amigas y mi hermano. Había vuelto a donde empecé.

Conseguí otro contacto en el Hospital de Virreyes. Me acompañó mi mamá.
Esperé un montón, hasta que finalmente escuché “Grinberg”. Entré al consultorio y un médico me esperaba sentado en su escritorio. “Estoy embarazada y quiero abortar”, le dije.
Me preguntó si estudiaba, le respondí que estaba haciendo la Licenciatura en Artes. Luego indagó con quién vivía y le dije que sola, si trabajaba y le conté que era docente en Artes Visuales. Su conclusión fue: “Parecés una chica bien, no una negra villera”.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Mi suerte era mucha. Sabía lo que quería y estaba muy bien acompañada por mis amigos y mi familia. Pero las pibas estaban solas y cruzándose con fachos como estos. Ya no recuerdo las palabras exactas que utilicé, pero le dije así como “me parece terrible lo que decís y mi cuerpo es mi desición”. Me fui. Mi mamá me abrazó en la puerta del Hospital y me compró un alfajor. “Ya vamos a solucionar esto, no te calientes” me dijo. De hecho, fue ella quien consiguió el contacto para realizarme un aborto inducido.

La consulta era con un obstetra y fui con mi papá y mi mamá. Entramos los tres al consultorio. Le mostré la ecografía y le dije “quiero abortar”. Me preguntó si estaba segura y respondí que sí. Luego de revisarme me dio fecha para el 1ro de octubre de 2012 en el Sanatorio Olivos.
Me contó cómo iba a ser el procedimiento y el costo, 7.000 pesos (hoy serían unos 30 mil). La plata me la dió mi hermano. Mis papás me acompañaron. A las 17:00 empezó todo y a las 19:00 ya estaba volviendo a casa.

Cenamos con mis viejos y unos cuantos amigos, les conté de la anestesia y cómo fue mi despertar.
Pude decidir lo que quería para mi vida.
Pude verbalizarlo.
Pude confiar en mi familia y amigos.
Pude pagarlo.
Tuve suerte.

Puedo decir que mi militancia feminista empezó en ese momento. Fue paulatina, claro. Pero fue a partir de visibilizar a miles y miles de pibes soles. Sufriendo, llorando y con miedo. Nosotres y nuestres cuerpes violentades por un sistema opresor, que anula la posibilidad de elegir y decidir cuándo ser madre.

Ya pasaron seis años de esto y es la primera vez que puedo escribirlo. Si bien jamás me arrepentí y siempre lo conté cuando me sentí cómoda, el peso negativo de haber hecho algo que todo el mundo hace, pero mira mal, me ponía en un lugar oscuro. Un “si supieran lo que hice”. Cuando lo cuento siempre es en lugares donde creo que podrían generar empatía o donde un testimonio como el mío podría sumar a la reflexión. He recibido desde abrazos y mimos y también me han dicho asesina y cobarde.

Hoy siento una fuerza inmensa que brota de la sororidad, del poder de estar juntes, del amor y de la lucha. Sobre todo, de la lucha. También nace de la mirada de les pibes en las primeras marchas de Ni Una Menos, de les chiques poniéndose glitter verde en los primeros pañuelazos, de cada martes en el Congreso bancando la parada y, por supuesto, de la gran vigilia por la media sanción en Diputados.

Miro las fotos y me veo en cada une de las pibes, yo soy elles.
Este es mi historia de aborto, de feminista y de fotógrafa.
Ésta soy yo.

Tamara Cecilia Grinberg
junio 2018

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