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“LA PINTURA EN LA CALLE ES UNA VOZ DISONANTE TODO EL TIEMPO”

Caro Favale deja su huella muralista y grafitera desde hace más de 7 años en el barrio de Boulogne. Convive con la tensión de los estereotipos que dividen el arte del trabajo, discute sobre política y pregona insistentemente estar en la calle porque ahí es donde “está la posta”.

Texto: Facundo Nívolo y Guillermo Poysegu Peier / Fotos: Facundo Nívolo

 

Carolina tenía 5 años y Boulogne, su barrio, amaneció con el anuncio de la radio: En cuestión de minutos la fuerza aérea iba a bombardear la fábrica de tanques de guerra TAMSE. Vecinos y vecinas se despertaron con militares leales al gobierno golpeando puertas, explicando la situación: Los “cara pintadas” se habían alzado nuevamente y recomendaban que se resguarden. El enfrentamiento era inminente.

Los alzamientos fueron cuatro entre 1983 y 1990. Militares insurrectos exigían suspender los juicios por la verdad. Así obtuvieron las leyes de “obediencia debida” y “punto final” que dejaron libres a los principales jerarcas de la última dictadura.

La situación de diciembre de 1990 culminó cuando el gobierno redujo los focos rebeldes en Capital Federal. El coronel al mando de la operación de TAMSE se llamaba Jorge Romero Mundani. Al comunicarse la rendición, encabezó en su tanque de guerra la retirada hacia la Panamericana. A las 18 horas llegó a la intersección de Avenida Márquez y embistió un colectivo 60. En el accidente murieron 5 pasajeros. A pocos segundos del choque, Mundani detuvo la marcha de su tanque, llevó un arma su cabeza y se voló los sesos.

 

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26 años después, Carolina Favale tiene 31 años y sigue viviendo en Boulogne igual que toda su vida. Uno de los dibujos donde encuentra el indicio que la llevaría a su oficio actual lo hizo a los 5 años: Un militar verde con manchas marrones apuntando su arma a un helicóptero en el cielo y, en el costado de la hoja, un mástil y una bandera argentina de un azul que desborda las líneas negras. “Creo que estaba atenta aunque era muy chica. Cuando encontré el dibujo descubrí que siempre me interpelaron las cosas que pasaban y necesité ponerlas en imagen”, dice mientras ceba un mate.

En el centro de su living una mesa de madera tiene manchas de pintura, una computadora reproduce un homenaje folclórico a Spinetta, y en un rincón hay papeles con bocetos y atriles contra la pared que exhiben pinturas en proceso: resaltan unas manos como racimos de flores en gamas de turquesa. El ambiente se ilumina levemente por dos ventanas con persianas a medio abrir mientras explica con voz suave: “Para mi el principal rol del arte es cuestionar la realidad. Somos receptores y estas realidades que percibimos tenemos que transformarlas en mensajes e ideas. No alcanza únicamente una denuncia, sino que debemos hacer algo con eso”.

Egresada de la escuela de artes visuales Antonio Berni, Favale salió a pintar las calles en 2010. Mientras conversa, oscila los temas entre la situación social, la realidad política, y los debates que el arte urbano provoca en la gente: “La pintura en la calle es una voz disonante todo el tiempo. Estamos tan acostumbrados al espacio lleno de publicidades que es obvio que lo distinto va a terminar generando algo. Bueno o malo, pero es imposible que el otro no se sienta interpelado”.

 

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Su pelo enrulado, se levanta vertical sobre la cabeza, muy similar a una pintura que cuelga en una de sus paredes en la cual varias mariposas salen de la cabeza de una mujer. Mientras gesticula sus manos con cadencia dice que “así como una canción existe porque alguien la escucha, una pintura también existe porque la gente la ve, y cuanta más, mejor. Lo que me parece más fuerte es lo que pasa en la calle cuando pinto. Ahí se pone en debate lo que se está pintando y el uso del espacio público. Eso me parece que es ‘la posta’. Ni siquiera la pintura, sino las cosas que pasan”.

Por ejemplo, en un diálogo de 15 minutos donde un vecino le cuenta su vida entera, los cuestionamientos que le hacen por los desnudos de mujeres que se despliegan en distintos murales por la calle Ader, o cuando recibe reconocimientos por su trabajo y/o pedidos de presupuestos que los posibles clientes le desestiman.

“Cuando empecé a pintar, no pensé que iba a ser mi trabajo. Fue una iniciativa más ideológica, de no circunscribirme a una galería o a un museo. Ahora la gran lucha es conmigo misma para organizarme. Tratar por lo menos de llegar a fin de mes”, se ríe y mira por sobre sus anteojos verde agua.

 

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“A veces la gente dice ‘que suerte la tuya que vivís de lo que te gusta’. Yo siento que no vivo de lo que me gusta, sino que vivo de lo que soy. Es esperable que alguien que estudia para ser docente de clases, o alguien que estudie derecho trabaje de abogado. Yo pinte toda la vida, y entonces quiero pintar”.

A Carolina no le gusta que la traten de “hippie, bohemia”, recuerda las descripciones que primero le vienen a la cabeza y continúa: “No tiene nada que ver con eso. Hay que tener disciplina, atravesar muchísimas frustraciones, y autogestionarse. Amo lo que hago si, pero me considero una trabajadora. Por eso explico que es un trabajo como todos, que merece ser remunerado. Y por otro lado no tengo un don.  Eso habla de un ser iluminado y no es así. El tema es si podes desarrollar tus capacidades” y sentencia: “El arte como casi todo en la vida, tiene que ver con el acceso a las oportunidades”.

De cuclillas sobre una silla de mimbre azul deriva la charla hacia la situación política: “¿termina ganando macri y nadie se la vio venir? Sorprendió a muchos pero en especial a quienes se paran desde un lugar de fanatismo que no deja ver”. Por otro lado reflexiona sobre la cultura política Argentina: “Yo nunca milite en el peronismo, pero tampoco se lo puede negar. Esto va más allá de que alguien haya votado a cambiemos o no. El peronismo es parte de nuestra identidad cultural y negarlo sería un punto de partida errado”.

Mas allá de las identidades políticas dice que “estado, gobierno, comunidad, es una integración: Lo que de arriba no viene, tiene que ser generado desde abajo. Nosotros somos parte de la comunidad y estamos en la base y somos más. Esto quiere decir que, en la medida en que nos interpelemos, podemos generar modificaciones.”

 

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Cuando es consultada por su obra y su arraigo en Boulogne explica que “apelar a la pertenencia, saber que vivimos acá y que hay cosas comunes a todos, corre las diferencias y facilita relacionarnos”. Entonces el romanticismo con Boulgone se desdibuja: “si me tocara vivir en otro lugar, haría lo mismo”

No tiene recuerdos de la infancia, pero el alzamiento carapintada resultó caer el día del cumpleaños de su mamá. Los aviones atravesaron el cielo de su patio y todos tuvieron que salir de la pileta pelopincho para resguardarse en un 3 de diciembre que jamás olvidó. Aquella casa de su abuela ubicada en la esquina de Yerbal y Bogado fue construida con el plan de viviendas del primer peronismo y se encontraba a 3 cuadras de la fábrica militar donde se produjeron los combates. El único evento que registra de su niñez quedó plasmado en uno de sus primeros dibujos.  Como un documento de lo que pasó o como un posible comienzo de su obra, fue expuesto como cierre de su primera muestra individual en febrero de 2011.

 

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Hoy día sus ilustraciones están repartidos por las calles no solo de San Isidro, San Martín, Vicente López, Ciudad de Buenos Aires,  sino también otras provincias como Salta, La Pampa, e inclusive en otros países como Uruguay, Colombia, Perú y Estados Unidos.  Pero revisando su muro de facebook en el día de hoy, la entrevista vuelve a donde todo comenzó: al barrio. “Por Barracas, casualmente o no, me encontré con un Cuore autentico, hermoso, único. Me sentí muy orgullosa de vos. Será que conocerte de pequeña hace que uno se sienta parte de tu historia y celebre tus logros”, le escribió Mariana de Villa Adelina.

La firma de mas de cien murales pintados por Carolina dicen “cuore”, un apodo que adquirió callejeando con grafiteros mucho antes de que ella comenzara a pintar. Y Cuore en italiano significa corazón.

 

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