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El Reconquista, territorio anfibio en movimiento

Un colectivo itinerante organiza jornadas de arte gratuitas en distintos espacios comunitarios de la zona. Arman propuestas de fotografía, circo, poesía, gimnasia y teatro para ofrecer a los chicos alternativas a la calle.


Texto: Emmanuel Lorenzo; Fotografía: Pablo Caprarulo y Re-conquista en movimiento.

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Hay algo de realismo mágico en el área Reconquista, esa constante sensación de fragilidad que puede desovillarse en cuestión de segundos hacia el encanto o la tragedia. Un territorio atravesado por decenas de pequeñas realidades que hacen de su rostro una máscara en continua transformación, signada por el trabajo, el estigma de la marginalidad, la infraestructura precaria y los lunares de delincuencia. Pero hay una ausencia parcial y perentoria que rige como un castigo sobre el cielo de esa anchurosa porción de Suárez: la incertidumbre. Porque en estos once barrios que se extienden desde la Av. Márquez hasta el Camino del Buen Ayre, las posibilidades de trabajo y asentamiento varían año a año a razón del signo político de turno en el Municipio y la Gobernación de Buenos Aires y hasta de los vaivenes emocionales del río Reconquista, cuyos brazos florecen como riachos que funcionan como fronteras naturales entre los vecinos. Incluso la topografía parece adaptarse a la imprevisibilidad social: los pliegos de tierra, buena parte carentes de nominalización, padecen severos desniveles que originan estancamientos de lluvia y frecuentes pasos anegados.

El Reconquista es una entraña de barrios anfibios que supieron hacerse un lugar en la geografía sanmartinense entre el rellano sanitario Norte III del CEAMSE, el río contaminado, la Unidad Penitenciaria de José León Suárez, las calles de barro vencidas, los pavimentos tardíos y el desierto municipal.

La incertidumbre es ese veneno lento que siembra desesperanza en la más tierna edad, que conmina a bajar la cabeza y gestar resentimiento. “¿Por qué siempre me toca perder? ¿Por qué siempre a mí?” Es en ese plano donde actúa el colectivo Re-conquista en Movimiento, neutralizando la desidia heredada y el determinismo social que intenta condenar a las clases humildes a la estigmatización y las aspiraciones cortoplacistas.

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“Entonces se genera algo más trascendental que el deporte, algo que va más allá del miedo, de ser pobre, de no tener nada, de sentir que siempre te toca perder, de que estás cansado de que ser `diferente` sea sinónimo de `malo`. Y ahí se acomoda, se resignifica… en otras palabras: se mueve, se hace vida. Una Re-conquista en Movimiento.”

Con esas exactas palabras se presenta en comunidad el colectivo itinerante compuesto por más de una decena de tutores, estudiantes y profesores voluntarios que organizan jornadas de actividades artísticas en los distintos barrios del área Reconquista. La mecánica es sencilla pero eficiente. Evalúan las posibilidades y necesidades de determinado espacio, gestionan internamente una propuesta  y, finalmente, se acercan a ofrecerla: fotografía, circo, poesía, gimnasia, teatro y hasta talleres de periodismo. Todos los insumos humanos y materiales para la concreción de la jornada corren por cuenta del colectivo, que no goza de subsidios municipales ni articula otros emprendimientos con fines de lucro.

El proyecto nació en febrero de 2017 bajo la coordinación de Yésica Morales, una estudiante de Sociología con experiencia en distintas organizaciones vinculadas a la Mesa Reconquista. “Trabajamos en este área porque nos parió. Yo nací y me crie en barrio Sarmiento, a cuadras de acá. Éste es el espacio al que le debemos completar el laburo que el Estado no hace con nuestros pibes”, dimensiona. Y reformula: “Re-conquista en Movimiento es una reapropiación de algo que siempre fue nuestro. Estar en movimiento significa estar haciendo algo, es la forma de estar vivo, porque lo peor que podés hacerte en la vida es ponerte un techo”.

La fluida articulación del discurso parece ralentizarse al momento de hablar sobre sí misma, como si se sintiera fuera de eje. Además de cursar su carrera en el centro universitario del penal de Suárez –a donde elige asistir en lugar de otras instalaciones de la UNSAM-,  Yésica trabaja como asistente de una becaria del CONICET y escribe colaboraciones periodísticas. Prefiere no profundizar en su trayectoria, da a entender que no viene al caso y que el núcleo del Colectivo jamás será uno, sino los otros: “Somos simplemente un grupo de pibes que se dio cuenta que las cosas no se pueden hacer individualmente, que los peques son la parte más golpeada de la sociedad y nos hacemos cargo de eso”.

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La última jornada del Colectivo tuvo lugar en el Bachillerato Popular La Esperanza, en Loma Hermosa, donde se ofreció un seminario de fotografía gratuito a la docena de adolescentes que se congregó pese a las intermitentes lloviznas. Pero el del miércoles 24 de mayo fue el cuarto encuentro; desde febrero se desarrollaron otros tres en la Biblioteca La Carcova (Tela y Gimnasia Artística), el CUSAM –Centro Universitario de la Unidad Penitenciaria 48- (Rompa el aislamiento, jornada por Rodolfo Walsh) y en el Centro Cultural 13 de Julio (Gimnasia artística y actividades didácticas en clave lúdica).

El seminario fotográfico fue guiado por tres estudiantes de Diseño Gráfico de la Universidad de Buenos Aires que forman parte del Colectivo prácticamente desde su nacimiento. Contempló un amplio abanico de carácter práctico y teórico que se inició por las distintas impresiones de la luz sobre los objetos, repasó los tipos de cámaras y sus variables de obturación y sensibilidad y culminó en las normas de composición y las perspectivas en que afecta la iluminación solar y artificial a los registros.  Cada módulo fue explicado mediante una exposición oral y acompañado por capturas ejemplificativas exhibidas con un proyector.

“La idea era brindarle a los chicos información sobre la fotografía, pero sobre todo  mostrarles que no es algo que tienen lejos, sino que está a su alcance y pueden hacerlo bien con algunos conceptos básicos”, puntualiza Ayelén Flint. A su lado, Mariel Méndez enfatiza en que “lo que se enseña puede aplicarse no sólo a las fotos, sino también al arte y a la edición de video, y a otras situaciones de la vida cotidiana”.

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Las tres se acercaron al área Reconquista desde Palermo y Chacarita y coinciden en que la experiencia de integrar el Colectivo les permite “abrir los ojos sobre otras realidades”. “Venir a los barrios, estar con los pibes, el ida y vuelta que se genera. Sentís que pasan mil años y todo te llena y enriquece, especialmente esa necesidad de ayudar al otro porque lo ves”, amplía Azul Carrasco.

También en ese sentido, Ayelén lamenta que en determinados barrios porteños “hay un montón de temas que no se tocan. Y por eso está bueno meterse en otras realidades, ver qué es lo que pasa y, luego, contarlo. Si no, otros no se enteran jamás”.

El colectivo no se extiende hasta San Andrés, Villa Ballester, ni siquiera hasta la zona de Chilavert que limita con Suárez. Se elige abarcar únicamente el área Reconquista. “En este barrio no tenés muchas opciones. Nuestros sectores vip son el predio de la cárcel, al otro costado podés ver la Quema (el relleno sanitario CEAMSE) de la cual se alimentan muchísimas de las familias de nuestra zona y, por supuesto, los bellos tranzas en los puntos más representativos. Y más basura sobre basura”, describe con ironía Yésica. E insiste en que el propósito del colectivo es que “los pibes se sientan capaces de acceder a posibilidades a las que, por su origen y realidad social, probablemente no podrían. A ellos los limitaron desde un comienzo, les dijeron que no podían. Nosotros intentamos que prueben que existen otras opciones, porque una vez que las conocés, ya no te quedás quieto”.

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Ésta es nuestra forma de hacernos cargo, repite Yésica, un mantra de vocación; en oportunidades agrega otros ponen un merendero o una ONG, nosotros somos esto. ¿Pero cuál esa forma a la que alude? Ésa que atraviesa al colectivo en cada una de sus jornadas de convocatoria: “El arte es la forma de expresar lo que no podés o sabés decir”.

“Si estás preso o sos pobre y sabés que terminarás vendiendo falopa, no te dan ganas o no tenés la fuerza para salir de ahí. Si te cagan a palos o abusan de vos en tu casa y alguien de tu familia seguramente trabaja en la Quema, perdés las ganas de hablar”, contextualiza. E insiste: “Pero si encontrás una forma de expresarte y alguien te da esa confianza, los resultados pueden ser maravillosos. Se trata de generar poder y libertad a través del arte”.

Así avanza, se transforma, adapta y despliega el colectivo en el Reconquista, ese espejo oculto frente a todos: un malecón de barrios anfibios poblado por vecinos de talento alquimista que han transformado a la basura en un medio íntegro de trabajo. Y, ante todo, territorio de cientos de chicos y adolescentes que merecen ejercer su derecho a espantar estigmas y a elegir cómo forjar futuro.

 

 

 

 

 

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