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La libélula: Delia Giovanola

A 41 años del golpe cívico militar, Delia Giovanola, desde su casa y entre mates, cuenta su historia a través de fotografías, y recortes de diarios y revistas. Es una de las 12 fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo, y hace años reside en el partido de Gral. San Martín.

Texto y Fotografía: Laura Sofia Muiños

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“¿Cómo hiciste para seguir?”, le preguntó Martín a su abuela en la primer charla que tuvieron por teléfono. El calendario tamaño A4, intervenido día por día, revela que la semana de Delia Giovanola está completa de actividades. Lleva de pie 91 años y no conoce lo que es el cansancio. Sus piernas al igual que su humor saben de fortaleza y resistencia. “La comisión hoy está formada por los nietos. Hay muchas abuelas pero están todas viejas. En actividad solo estamos las pendex, que seremos cinco o seis”, dice Delia, una de las 12 fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo.

Nació y se crío en la ciudad de La Plata, es maestra y bibliotecaria. Habla de su vida con una tranquilidad y claridad que la caracteriza. Al hacerlo mueve sus manos y saca a relucir un esmalte de brillos plateados. Es una historia que ya contó muchas veces, pero aún así la necesidad de hacer conocer lo que pasó no caduca.

Cuando Delia tenía 37 años, murió de cáncer su primer esposo. Al quedar sola con su hijo se puso al hombro la economía del hogar, llegando a tener hasta tres trabajos: “Corría para todos lados. Pero, al final, logré salir adelante y con el tiempo me compre un departamento y un auto”. Cinco años después de enviudar, formó su segunda pareja y se mudó a Villa Ballester: “Lo único normal y lógico que me pasó en la vida fue la muerte de mi segundo marido, después tuve golpes tremendos”, agrega mientras sostiene en sus manos un moderno mate.

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El 16 de octubre de 1976, cuando Virginia -su primera nieta- tenía tres años y estaba en camino su segundo nieto, su hijo Jorge Ogando y su esposa Stella Maris Montesano fueron secuestrados y desaparecidos, víctimas del Terrorismo de Estado. “Mi nieto nació en el pozo de Banfield. Cuando Stella empezó con los dolores de parto la llevaron a una sala, y ahí, esposada y con los ojos vendados, tuvo familia en cautiverio”, cuenta.

“A los dos días que se llevaron a los padres, me la traje a Virginia a vivir con nosotros”, dice y aclara que aunque nunca trataron el tema directamente, siempre se habló delante de ella de lo que había ocurrido con total naturalidad. “Nunca preguntó nada, nunca protestó”, exclama y recuerda: “Dos meses después de la desaparición de sus padres, íbamos en la ruta hacia la playa. Virginia iba sentada en mi falda cantando la canción del elefante que se llama trompita, que llora llamando a su mamita. Ahí, en el ‘mamita’, se largó a llorar. Es el único recuerdo que tengo de ella llorando”.

Virginia Ogando creció en las rondas de las Abuelas en Plaza de Mayo y pasó toda su vida buscando a su hermano. En el 2011, con 38 años, se suicidó arrojándose de un edificio de Mar del Plata. “Buscando un nieto, perdí una nieta”, declaró Delia, tiempo más tarde, en una presentación de “Hermanos de Sangre” en la Embajada Argentina de Londres, un documental dirigido por Fabián Vittola que habla de la lucha de las dos mujeres.

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El sol cae sobre la tarde de un martes de marzo. En su departamento, Delia sigue trabajando. Después de confirmar una entrevista, cuelga el teléfono de línea y, enseguida, suena su celular. “Puede que sea Martín, tengo que pasar el informe de lo que hago por día. Me controla el chico”, advierte con picardía mientras abre la aplicación de whatsapp.

El cinco de noviembre del 2015, Delia Giovanola recuperó a su nieto, Diego Martín Ogando. Ese día tenía pautado un acto, donde iba a representar a las abuelas. Camino al evento, la llamaron y convencieron para que no se presentase, con la excusa que el acto se había suspendido. Cambió su rumbo y se dirigió a la sede de Abuelas sin saber lo que la esperaba.

Eran las dos de la tarde, apróximadamente, en el momento que Delia se enteró que encontraron a Martín. No había terminado de asimilarlo, cuando le informaron que la esperaba en el teléfono. “No lo podía creer. Nunca jamás estuvo un nieto en el teléfono en ese mismo instante. Corrí como una libélula de 89 años”, comenta.

En el comedor hay un solo cuadro, su mensaje es el sueño que motorizó la lucha de una familia atravesada por el secuestro y la desaparición. Enmarcada se hace presente la imagen que no pudo ser, allí se encuentran juntos: Jorge, Stella, Virginia, Martín y Delia.

Después de tres horas de entrevista su predisposición sigue intacta: abre un sobre de papel madera y saca un pilón de fotos. Como buena bibliotecaria, cada fotografía se encuentra enumerada en su dorso. Entusiasmada, narra el detrás de escena de muchas de ellas: Hay fotos de su adolescencia, de viajes y vacaciones con amigas, de reuniones familiares, de sus años de docencia. Luego, desaparece del comedor para ir en busca de más recuerdos que atesora en la casa: “Esto se lo preparé a Martín”, dice refiriéndose a una caja rectangular de lata, donde entre varias cosas está el certificado del nuevo documento de identidad de su nieto.

“Es que yo guardo todo”, reflexiona Delia al observar los objetos que fue desplegando sobre la mesa. Fotografías, libros, cartas, cuadros, recortes de diarios y de revistas, todos juntos reflejan logros, sueños, deseos y ausencias. De forma exhaustiva, late a través de todas sus formas, la pulsión de mantener viva la memoria.

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Cuando entró, el salón se llenó de aplausos, risas y emoción: “Ahí estoy yo, disfrazada de libélula”, indica Delia señalandose en el video. Al igual que ese día que corrió hasta el teléfono para escuchar por primera vez a su nieto, Delia, como una libélula, camino entre decenas de amigos y familiares que entonaban el feliz cumpleaños, y se acercó a un paquete gigante. Dentro estaba escondido Martín, que había viajado desde Estados Unidos para estar presente. Ese era el regalo de sus 90 años.

La libélula es vista como portadora de poder y de equilibrio, esto último, debido a su capacidad de volar en todas las direcciones. De la misma manera, Delia nunca paró de moverse de un lado al otro. Su carácter la lleno de poder y la mantuvo en equilibrio: “Me puse una máscara de alegría que tengo hasta el día de hoy, eso me permitió buscar 39 años”.

Son las once de la noche y su rostro sin maquillaje sigue espléndido. Aún hay mucho que contar, una cosa lleva a la otra, por lo que los silencios son mínimos y cuando siente que las palabras no alcanzan, acude a su infinito archivo. En este caso busca en el historial de whatsapp un audio que le envió su bisnieta, que ahora tiene seis años, desde Miami: “Hola abuela, ¿qué estás haciendo? Te ves preciosa como siempre, te amo, te amo, te amo muchísimo”, lo escucha y agrega que no pasa un solo día sin hablar con su nieto y su familia: “Martín es mucho más de lo que hubiese soñado”.

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2 thoughts on “La libélula: Delia Giovanola

  1. Excelente nota y fotos. Desde el corazon hacia el corazon. Desde el dolor hacia la esperanza. Delia una mujer entera y fuerte. Laura una mujer entera fuerte y sensible. Gracias

  2. Gracias por la nota, la leo entre lágrimas porque me emociona de más. Tuve el placer de conocerla personalmente el lunes pasado cuando identificaron como centro clandestino y espacio de memoria a la comisaria segunda de Ballester. Sus palabras ese día también me emocionaron. Admiro la fortaleza de estas mujeres luchadoras incansables que parece que nada las detiene. Hermosa nota. Gracias por hacer periodismo de calidad que sana y nutre al pueblo

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