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El Centro Educativo Complementario Nº 801: Sin lápices, sin témperas, sin inversión

Ubicado en la localidad bonaerense de Billinghurst, el Centro Educativo complementario N° 801 José Hernández, sufrió 16 robos durante el 2016. La inseguridad que provoca la falta de recursos y de apoyo estatal, ponen en riesgo la continuidad de la institución educativa durante el ciclo 2017.

Texto: Agustina Gallo y Florencia Abel / Fotografía: Pablo Daniel Caprarulo

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Los Centros Educativos Complementarios (CEC) nacieron en 1965 bajo el nombre de Dirección de Psicología y Asistencia Social Escolar, integrándose recién en el año 1967 al sistema escolar bonaerense. Su misión es favorecer la inclusión socio-educativa a través de una pedagogía de oportunidades, mediante la cual se visualiza la complementariedad de aprendizajes con los diferentes niveles educativos. En este sentido, la labor institucional de estas instituciones pretende expandir y complementar los conocimientos adquiridos mediante la enseñanza escolar sistemática, la cultura familiar y experiencias comunitarias.

Ubicado al 5141 de la calle Conesa, en el barrio de Billinghurst, este centro complementario cuenta con una matrícula de alrededor de 100 chicos, en su mayoría del barrio o de escuelas aledañas, como de la EP 73, EP 11 y EP 6, como también de los jardines 913, 924 y 926. “El nuestro fue uno de los primeros que se formó, ya que se fundó el 23 de diciembre de 1965, pero estamos en este mismo edificio desde el año ‘85”, relata la directora del CEC N° 801. “Desde entonces contamos con la misma estructura, no se hizo ningún tipo de modificación”, agrega mientras las miradas se posan en los destrozos que cinco décadas de actividad, la desidia institucional y dieciséis actos delictivos, han dejado tras su paso.

Basta recorrer el patio de baldosas grises para adentrarse en la oscuridad que supone el ocaso de un proyecto: la fragilidad de las paredes de las aulas container, la diversidad de tamaños y colores de las sillas y las mesas, las computadoras arrumbadas a la espera de una conexión técnica, las rejas forzadas y los picaportes atados con alambre sucumben la mirada e invitan a la congoja del espanto. “Los baños son de terror -agrega la responsable de la institución- hay algunos que no tienen puertas. El de nena, por ejemplo. El problema acá es más que nada que tenemos que poner tarimas porque los nenes del jardín no llegan. Tenemos un nene que es así de pulguita -dice la titular señalando una altura imaginaria con su mano extendida de forma horizontal- que encima tiene un problema de crecimiento, entonces tenemos que levantarlo a upa para lavarlo todo.”

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El CEC es triste: parecería que una ráfaga de abandono les ha arrancado los colores a los crayones de las latas, a los mapas de las paredes, a los carteles de bienvenida que adornan las puertas violentadas. Pero el abandono no es más que un hijo bastardo de la falta de inversión Estatal, primo de la sordera institucional y vecino de las poblaciones vulneradas.

“Y va todo en deterioro. Ya te digo, las alcantarillas, ésto se hace una pileta cuando se inunda o llueve muy fuerte. Las alcantarillas están todas tapadas, hace como cinco años que se está pidiendo que vengan a destapar y nada”, relata la responsable de la institución como parte de una lista que se torna casi interminable. Las alcantarillas tapadas no son lo único, el cableado eléctrico periódicamente entra en cortocircuito ya que los salones, en épocas de lluvia, se tornan un colador que dejan pasar el agua -y el desasosiego- y a eso se le suma una pila de electrodomésticos, cocinas y heladeras, que esperan ser algún día reparados y puestos en funcionamiento. Mientras tanto se acumulan, como las hojas en las alcantarillas, como las computadoras y como el número de manojo de llaves. Aunque las llaves, ese instrumento metálico y opaco, son lo que único que se re renueva continuamente en el CEC. “Consejo te da plata: para arreglos eléctricos, para plomeria, para gas y matafuegos, una vez al año, nada más. Ah y llaves, me la pase haciendo llaves como nos entraron quinientas veces nos rompían todos los candados, nos rompían todas las puertas”, esboza la titular con tono de resignación.

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La directora, es orientadora del aprendizaje y hace dos años que desempeña el cargo. Durante la visita guiada por las instalaciones, un city tours lúgubre, señala: “Las primeras veces se llevaron todo lo didáctico. Las maestras se quedaron sin nada. No hay tijeras, ni lápices, no hay témperas. Se llevaron grabador, se llevaron microondas, se llevaron una jarra térmica que teníamos.” En el Partido de General San Martín funcionan dos CEC y ambos dependen, como los 360 que se encuentran distribuidos en el interior de la provincia, de la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires. Sin embargo, hace décadas y en el marco de diversos gobiernos provinciales, en el CEC se vislumbra la desinversión.

En la institución, que funciona de lunes a viernes de 08:00 a 17:00 hs, trabajan veinticinco personas: nueve docentes, dos preceptoras, dos profesores de educación física, dos orientadoras escolares, siete auxiliares y tres que forman parte del equipo directivo. Del bolsillo de casi todos los trabajadores -y de algunas donaciones- sale aquello que se utiliza para preparar las clases, desde el material de librería hasta los recursos didácticos. Ya en el comedor, la titular repasa con detalles el trabajo en la institución y asegura: “Estamos solas y esa es la sensación que tienen las maestras. Y por eso el desamparo de sentir que no tenes a nadie que te de una mano, desde ningún lugar.”

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Hacia otro concepto de inseguridad

De acuerdo al diccionario, la inseguridad -y aunque suene redundante- es la sensación de no estar seguro en un espacio o situación. Diariamente, los medios de comunicación escupen noticias con las últimas víctimas que se ha cobrado este fantasma que aqueja a las sociedades modernas, atendiendo a su relación con la droga, la pobreza, la vagancia y la desidia. Pero imposibilitados de ver la complejidad de este fenómeno, la inseguridad también supone la ausencia de una planificación que acompañe y proteja los derechos que se encuentran vulnerados.

En otras palabras, este conflicto puede no ser sólo la imposibilidad de volver a casa con las pertenencias con las que salimos, o incluso regresar con vida, sino también -y sobre todo- la imposibilidad de afianzar nuestras conductas en el presente y poder proyectarlas hacia un futuro. Como animales, dispuestos a satisfacer necesidades urgentes de las formas más primarias, los trabajadores de la educación encuentran en sus tareas diarias la soledad frente a un Estado que no sólo les niega los recursos necesarios sino que también les impide planificar sus prácticas con fines a largo plazo.

“El año que viene va a ser una lágrima. Tenemos un proyecto para aumentar la matrícula: salir al barrio de nuevo, ir a las escuelas que no tengan modalidad doble turno, como la Nº 11, la Nº 76 y ofrecernos. Pero el proyecto de la provincia es que de acá a dos años todas las escuelas den este servicio”, resume la responsable de la institución con las palmas abiertas al techo del comedor, y la mueca de la boca hacia un costado. Una vez más, son los docentes quienes ofrecen su cuerpo y su tiempo para satisfacer las necesidades que la dirección General de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires se niega a cubrir.

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Mientras que la educación muchas veces es idealizada como una solución a todos los problemas, una suerte de varita mágica que podría devolver los colores, los valores, el entusiasmo y la alegría; son los mismos ciudadanos quienes borran con el codo lo que han escrito con la mano. Esta forma apolítica de concebir la planificación educativa, supone desconocer el gran campo de luchas que a su interior se abre para conquistar la igualdad, y en muchos casos, la existencia misma.

Porque conquistar la existencia, para aquellos “que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local” (Galeano, 1989) supone poder poner en duda una mirada sobre la inseguridad como la expresión sintomática de una pobreza estructural, para poder reflexionar sobre ésta como el sentimiento de soledad frente a un Estado que decide estar ausente. Pensar en la desigualdad, en el camino hacia una política que promueva la justicia educativa, implica reconocer las diferencias sociales para poder construir, a partir de éstas, una solución contextual a un problema complejo.

Contacto: Facebook “Centro Educativo Complementario Nro 801 de General San Martín”.

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