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PROIN: CRÓNICA DE UN GIGANTE DORMIDO

txt: Guillermo Poysegu / foto: Pablo Caprarulo

 

Hace más de un mes que los trabajadores tomaron la fábrica tras denunciar en varias oportunidades el constante abandono y falta de inversión por parte de la gestión. Los 15 empleados se turnan para cubrir los horarios en la espera de una solución, impulsados por la idea de volver a los viejos tiempos prósperos de la fábrica.  “Le vamos a demostrar a todo el mundo que esto bien manejado va a ir para adelante”, comentan.

 

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Alrededor del grabador se sientan en una improvisada ronda, Adrián, Luis Alberto, Jorge, Julio y Alberto. Las pausas son mínimas y sus voces se apabullan y se pisan en un atolladero de palabras dignas de cuando hay una historia que contar. Es su necesidad: dar a conocer lo que sucede en su lugar de trabajo, PROIN, una fábrica dedicada a la producción de insumos para confiterías y panaderías como granas, confites y esencias. Hace más de 40 años que se estableció en San Martín y resistió fuertes embates, como la crisis del 2001, pero, otra vez, la situación de la fábrica y por lo tanto el sustento de los 15 trabajadores y sus familias tambalean. Tras entender que en los últimos 5 años hubo un abandono y vaciamiento sistemático y constante por parte de los nuevos dueños de la empresa, el cuerpo de trabajadores de PROIN resolvió tomar la fábrica -a la que también denominan como su casa- a principios de octubre. “Lo único que nosotros queremos es trabajar y entendemos que la fábrica se fundió por los empresarios y no por culpa nuestra, los trabajadores”, declara Adrián.

Adrián es el ex-delegado pero aún, claramente, es la voz cantante entre todos los trabajadores. Para explicar la sucesión de hechos, rebobina 5 años de su memoria hasta llegar al momento exacto en que cambiaron los dueños. Luego que los intentos por despedir a dos compañeros, Alberto entre ellos, cambiar el horario y reducir el sueldo fracasaran por la organización de los trabajadores y el apoyo del sindicato, los operarios comenzaron a observar un constante despojo de la empresa. “Como vieron que no nos podían echar y que no podían hacer lo que querían, empezaron a dejar que se venga abajo, dejaron de invertir”, explica Adrián. Y agrega: “Nosotros hace 4 años que venimos denunciando esto”.

 

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Los últimos 4 meses estuvieron parados y ese periodo sirvió de preparación.  “Estuvimos todo ese tiempo carburando, nos bajoneábamos. Y cuando esto pasó, ya lo teníamos prácticamente asumido. No nos tomó de sorpresa”, explica Julio. Durante ese tiempo se fueron asesorando y generando contactos.  Mientras tanto, “seguían llegando pedidos a la empresa pero de administración a acá no bajaban”, agrega Jorge, apoyado contra uno de los estantes donde quedaron algunas de las materias primas sobrantes. Luego, simula como en las oficinas rompían las pilas de pedidos.

Para ellos, la diferencia entre un “nosotros” y “ellos”, “acá” y “arrib”, donde se encuentran las oficinas, es clara y la subrayan en repetidas oportunidades. Ya hace tiempo que el área de administración se encuentra vacío y no hay un contacto.  Solamente uno de ellos, el encargado de abrir y cerrar la fábrica, tenía relación con los dueños. Él fue el que dio el golpe final en las vísperas del fin de semana largo de octubre a través de un llamado. “Le avisó a un compañero que él ya no iba a venir más, que le habian sacado las llaves”, comenta Julio, el más joven del grupo. Además,  les anticipó que no volviesen a trabajar el lunes como era debido, si no que fueran “el martes directamente a cobrar”, agrega. En ese punto, entraron en juego las dudas y la desconfianza no infundada. Las alarmas sonaron y ellos ya se encontraban preparados.

 

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De todos modos, “nos presentamos acá el día viernes”, comienza a relatar Adrián, tomando nuevamente la posta. Se presentaron ese día porque desconfiaban en la información que les habían llegado y consideraban que no se podían dar el lujo de tomarse el fin de semana. Realmente temían llegar el martes y encontrar la fábrica vacía. Al ver que para las 7:20 de la mañana no había nadie para abrir el edificio, se contactaron con los del sindicato. Siguieron sus instrucciones y esperaron, pero para ese momento ya lo sabían: la fábrica no abriría. “A las 9 cayó el sindicato y para las 10 ya estábamos adentro”, concluyó. Desde ese día que se organizan en turnos de 24 horas en tres grupos sin mucho más que hacer que esperar el dictamen de los que denuncian como una “lenta burocracia”, que protege a los empresarios impunes. Desde un principio lo sintieron de esa forma, ya cuatro denuncias se realizaron: dos en el ministerio de Trabajo en San Martín y otras dos en Capital Federal. Nunca recibieron respuesta.

El 13 de octubre se declaró la quiebra. “En el pedido de quiebra aparece la dirección del domicilio legal de la presidenta donde nosotros enviamos varias veces telegramas y nos llegaron siempre rebotados”, acota Julio. Es un patrón que se repite, una y otra vez: por un lado, el pedido de una explicación y, del otro lado, la cruel ausencia, que se traduce en el espacio de paredes grises, pilas de chatarras contra las persianas y máquinas en desuso como el ocaso de un gigante, el cadáver de una prosperidad nostalgica.

¿Qué hay detrás de este accionar empresario?  “La competencia”, lanza rápidamente Alberto, un hombre alto de ojos y pelo claros. Todos afirman al unísono: detrás de toda esta maniobra se encuentra el dueño de la competencia más cercana. “Legalmente es muy difícil comprobarlo. Tienen que investigar mucho. Hay muchos testaferros”, complejiza Adrián. Ese es otro aditivo, el camino a desentrañar la identidad de los propietarios es difuso y sus sospechas quedan truncas, incomprobables. Ya en este último tiempo empezaron a investigar “por intermedio del sindicato y se descubrió que se hizo una venta del inmueble por un lado y de la empresa por el otro en 2014”, comparte Adrián. De todos modos, confirman secamente: se trata de una clara operación con testaferros.

 

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A sus 18 años ingresó Adrián a PROIN y al día de la fecha, tiene más de 20 años de antigüedad. Recuerda con cariño y admiración al primer dueño, aquel que lo contrató y con el que trabajó codo a codo. Sentado en su silla con un mate que sostiene cautivo, analiza la “mentalidad de los nuevos empresarios”, como le gusta describir. “Lamentablemente, vimos pasar a varios y todos se llenaron los bolsillos”, denuncia indignado.  Al parecer,  una idea ronda en su cabeza hace rato y martilla resaltando una diferencia. “Nosotros no sabemos cómo piensa el que tiene mucha plata. Si es un producto bueno y rentable, no entiendo porque se tiró todo a la mierda”, añade cruzado de brazos.

Solamente dos de los trabajadores de PROIN tienen menos de 10 años de antigüedad y el promedio es de 20 años. Hay una tensión en el ambiente, aquella que sobrevuela en todo momento, como la incertidumbre, e incluso no les deja dormir. El último sueldo que cobraron corresponde al mes de agosto. “Nos tiraron un bolsón con plata y se dividió entre todos nosotros”, comenta Julio. De una estabilidad económica, pasaron a un vacío total. “De la noche a la mañana ellos nos dejaron en la calle con la impunidad de no pagar indemnización y de no dar explicaciones. Nosotros somos lo más damnificados”, declara Adrián.

Como los motores averiados, los miedos y preocupaciones se apilan en sus cabezas y los persiguen en sus casas y en PROIN, así es que también el temor y la certeza de no encontrar un nuevo puesto de trabajo los acecha. “Hay gente con mucha antigüedad que trabajó toda su vida acá adentro. No vamos a conseguir trabajo en otro lado. Lo único que sabemos hacer es esto”, añade Adrián. Para Luis Alberto, con suerte serían contratados temporalmente, “lamentablemente somos descartables”, piensa.

Tras tomar la fábrica fueron adentrándose en huecos de la administración. Fue de este modo, y por medio de los diversos llamados de los proveedores que descubrieron las numerosas deudas que la empresa contrajo. Por otro lado, recientemente fueron notificados de la municipalidad por una deuda de 150 mil pesos. “Nosotros vamos a tener que hacernos cargo de la deuda. Porque, lamentablemente, somos los hijos de ellos, los sucesores de PROIN”, explica Adrián. Un parentesco que los enorgullece. Para ellos pagar es un valor, es querer comenzar con el pie correcto y rescatar lo poco que queda. “Si nos dejan trabajar y poder seguir adelante, pagaremos la deuda de todos estos delincuentes”, lanza convencido.

“Los proveedores tienen que entender que los delincuentes no somos nosotros. Somos los que producimos y los que le ponemos el pecho a la empresa. Los delincuentes son los que se llevaron toda la plata, nos trataron de dejar en la calle a nosotros y no les pagaron a ellos”, defiende. El orgullo es compartido y transmisible, por eso es fácil comprender que no es solamente un tema de trabajo y sustento, sino que se trata de defender el honor y nombre del producto de sus vidas. No son delincuentes, son los que ponen el pecho. Son los que limpian cada gragea en caso de ser necesario para que brille en su total esplendor.

 

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Y no están solos, o no lo sienten así. Estrecharon vínculos con compañeros de fábricas recuperadas, con los vecinos del barrio y, además, cuentan con el apoyo del sindicato y el fuerte empuje de sus familias. “Del municipio no tenemos absolutamente nada de que quejarnos. Por ellos también estamos acá”, dice Luis Alberto con su modo de hablar rápido y bajo. A esto último, Adrián añade: “Nosotros estamos muy agradecidos al municipio porque nos brindó todo su apoyo y pusieron a nuestra disposición a sus abogados y a gente que nos trata de mantener psicológicamente también”.

El trayecto no es simple, y ellos lo saben pero tienen fe. “La tenemos que pelear. Sabemos como es. Pero ya estamos en el baile y vamos a bailar”, añade Jorge. “Si nos dan la oportunidad le vamos a demostrar a todo el mundo que esto bien manejado va a ir para adelante. Nosotros se lo queremos demostrar a todo el mundo, en contra de toda esa burocracia que hay”, dice Adrián esperanzado, revanchista y convencido. Como David contra Goliat.

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