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De la violencia policial al ritmo de la lucha

txt / foto : Facundo Nivolo y Guillermo Poysegu  

 

Víctor González, un albañil del barrio La Catanga, murió durante un operativo policial. Los vecinos, denunciaron el episodio y actualmente están a la espera del resultado de las pericias.

 

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“Desde que pasó lo de Victor, el barrio está en silencio”, cuenta Marisa, que vive en José C. Paz y esquina Coronel Mom, uno de los vértices más importantes del barrio La Catanga. Los vecinos aseguran que la la persecución y balacera duró 40 minutos. Los agentes entraron al barrio persiguiendo a dos delincuentes en fuga. Como resultado del accionar policial, se encontraron casquillos incrustados en la pared de un pasillo. Allí se encontraba un grupo de amigos tomando cerveza; , ajenos a la situación, se transformaron en espectadores de una historia que culminó con una de las balas de la policía atravesada en el pecho de Víctor González, un albañil de 37 años que falleció antes de que pudiera llegar la ambulancia. Después de los disparos y las sirenas estrepitosas, solamente quedó el silencio.

 

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La comunidad, compuesta por unos mil vecinos y vecinas, se contiene entera en unas pocas cuadras que sabían emanar ritmos de cumbia, rock barrial o la reciente innovación, el rock country, que va ganando éxito en el conurbano bonaerense. La casa de Marisa se transformó en el centro de reuniones, donde se realizan las asambleas. Desde allí se tomaron las decisiones, como por ejemplo las dos marchas que se realizaron el 30 de septiembre y el 11 de noviembre. Desde allí un nuevo sonido comenzó a vigorizar al barrio: la organización.

La reunión en casa de Marisa, es pura acción. La ventana del frente funciona como un quiosco y, a su costado, se encuentra la entrada por donde se hacen presentes quienes quieren dar una mano y sumarse a la cadena de solidaridad. En el interior de la casa, tiza en mano, se redacta sobre cartulinas negras, mientras el mate gira en constante ronda y, a fuerza de chúquer, abastece a vecinas y vecinos congregados. En la casa, el dialogo es constante. “La chata va a estar lista para la movilización del viernes, tengo un amigo electricista que la va a tener para mañana”, comenta un vecino entusiasta.

 

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La charla da forma al trabajo colectivo: un carpintero amigo de la familia de Víctor recortó el fibrofácil para montar los carteles. Otro vecino que trabaja en una fotocopiadora decidió aportar más de 500 volantes. Por otro lado, algunos concurrentes se reparten los panfletos y salen a pegarlos por los postes, difundiendo la movilización. “Justicia por Víctor” es la consigna que aúna a un barrio que no resiste el silencio impune.

 

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La primera movilización, realizada el 30 de septiembre, convocó una cantidad inesperada de gente: más de mil personas partieron de La Catanga en dirección a la intersección de Avenida Perón y Ruta 8, donde se instalaron con el firme fin de pronunciar sus voces al ritmo del repudio contra la injusticia. “En mi familia somos todos laburantes”, declaró Carlos, hermano de Víctor, a las cámaras de televisión que lo enfocaban. Con sus manos cuarteadas, abrazaba a su madre que lloraba, muda. Tras el mutismo aparecían palabras entrecortadas pero no lograban conformar una oración: “Impresionante la cantidad de gente”, comentó alguien al pasar. La respuesta la dio el hermano otro menor de Víctor: “Sí, ¿viste? toda la gente que lo quería”.

 

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El acto del 11 de noviembre se concentró enfrente de los tribunales de San Martín para exigir la agilización de la causa. Los vientos de la murga acompañaron la manifestación de principio a fin, y el sonar de sus instrumentos sigue acompañando desde el velorio a la lucha. Al día de hoy, la expectativa se encuentra colocada en los resultados del peritaje de las balas. Los vecinos esperan que ratifiquen aquello que todos vieron: La policía entró al barrio tras dos individuos en fuga. Los perseguía a los tiros. Y así, a los tiros, entraron al barrio.

El asesinato de Víctor es, quizás, el hecho más movilizante de la historia de La Catanga. No solo produjo dos marchas, generó repercusión mediática, estrechó lazos de solidaridad de los vecinos con concejales, diputados nacionales y movimientos populares, sino que también realzó la dignidad de todo un barrio. “Se piensan que vamos a dejarnos avasallar, que pueden matar a cualquiera de nosotros como a un perro y que vamos quedarnos sin hacer nada”, declara Marisa el día de la más reciente asamblea a días de la segunda movilización. Ese día, y como primera medida, se resolvió movilizar al tribunal. Minutos más tarde se estableció la jornada para pintar un mural. Luego se decidió que se instalaran atenuadores en las calles y así lograr que los coches reduzcan la velocidad. Finalmente, se concluyó en la necesidad de instalar las luces.

 

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El sol de mediodía del húmedo domingo 13 de noviembre, colabora con el ambiente caldeando la escena entre choripanes y el “pastón” en medio de la calle Mom. Carlos clava la cuchara en el balde y distribuye su contenido prolijamente sobre la pared. No está solo, sino que lo acompañan otros del mismo oficio. La mezcla es sorprendentemente elástica. Después del primer contacto con la pared se aferra como una filmación en reversa, señal de la precisión, de los años de experiencia. Llegadas las 17 horas, luego del fratacho y en velocidad casi récord, la pared ya tiene la fina capa.

 

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Los choripanes que sobraron, quedaron arriba de la mesa, refugiados del sol al igual que algunos vecinos y militantes que se acercaron a ayudar. Mientras tanto, los albañiles vuelven a preparar el pastón y revocan las paredes, preparándolas para lo que está por venir, cómo siempre a fuerza de su propio trabajo, acompañado por un sonido que retumba en los recovecos de La Catanga: el de la dignidad.

 

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