Sobrevivir a la ESMA: “Para nosotros la patria era el otro”

Odila Casella de Pedro fue secuestrada y torturada en la Escuela de Mecánica de la Armada junto a su compañero Eduardo de Pedro. Luego de su cautiverio retomó la militancia en Derechos Humanos. Hoy está al frente de la Comisión por la Memoria, la Verdad y la Justicia del partido de Hurlingham. 

“Cuando entran acá tiran una bomba, empiezan a llamarlo para que salga. A mí me llevan al dormitorio esposada. A él lo llevan a la cocina y después de eso yo ya no lo veo más. Ahí me ponen una venda y una capucha y me sacan. Me tiran en la parte de atrás de un auto. Ahí empieza un camino muy largo.” El camino del que habla Odila es el que separaba la casa que compartía con su compañero Eduardo de Pedro en Hurlingham de la ex Escuela de Mecánica de la Armada. Y al mismo tiempo parece estar hablando del trayecto que la conduciría, a fuerza de una militancia incansable, hasta la Dirección de Derechos Humanos del municipio.

La vida de Odila estuvo marcada desde un inicio por la militancia. Así fue como conoció a Eduardo de Pedro, en una unidad básica del barrio de Paternal. Ella tenía 16, él 19. En el año 75 se casaron y se mudaron a la casa en la que dos años después irrumpió un grupo de militares para llevárselos. En esa casa fue donde vio por última vez a su compañero, y es allí donde vive hoy: “La situación era tan dura, tan difícil, te sentís tan culpable de estar vivo en ese momento que la verdad no te importa nada. Yo me vine a vivir acá. No me importaba nada.”

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El relato de sus memorias lleva impresa una seguridad incuestionable: desde el momento en que la encapucharon en el dormitorio hasta cuando la bajaron del auto en un lugar que recuerda con precisión como abierto, con escaleras y una puerta de metal. Detrás de esa puerta la esperaban golpes, interrogatorios, requisas y otra pérdida: “Yo estaba embarazada de dos meses, no dije nada. Después empecé con hemorragias y ese embarazo lo perdí.”

Odila no puede medir con exactitud el tiempo que pasó secuestrada, pero recuerda a la perfección la secuencia de los hechos a partir del momento en que cruzó la puerta metálica: “Bajo unos escalones y me ponen contra una columna. Ahí me pegan. Me toman los datos, me dan un número y me llevan a un lugar donde me sacan toda la ropa, me revisan todo.” Su relato, quizá fuera de toda casualidad, es en tiempo presente. “En algún momento me llevan a otro lado y me dicen que me van a soltar. Yo estaba en un estado en el que no me importaba nada. No tenía sentimientos. Me empiezo a reír, me preguntan por qué, ‘¿pensás que te vamos a matar? Nosotros no hacemos eso.'”

La única respuesta que le daban a Odila al preguntar por su compañero era “él está bien, está mejor que vos”. Sin embargo, al momento de su liberación, recibió un sobre cerrado que contenía la alianza de Eduardo: “Para mi fue una señal clarísima. Traté de sostener en la familia el deseo de que volviera, pero sabía que eso no iba a suceder.”

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Los primeros años que siguieron a su cautiverio y la desaparición de Eduardo fueron una batalla diaria de filas en el Ministerio del Interior, donde celebraban que no hubiese tenido hijos con él porque “hubiesen salido subversivos”, mezcladas con reuniones en la Asociación de Familiares, presentaciones sucesivas de hábeas corpus en todos los juzgados posibles, algunas medicaciones que le permitieran seguir en pie para trabajar, y más militancia.

Las visitas a presos en cárceles legales se hicieron un hábito. Odila buscaba a aquéllos que no tuvieran familiares e iba a acompañarlos: “Ya no tenía miedo porque ya había pasado el límite. Cuando estás ahí es tan tremendo… ponés un pie en el otro lado y estás muerta. Entonces no tiene mucho sentido nada. Todo te empuja.” Todo eso que la movilizaba es lo que ella cree que la salvó.

Y es que Odila parece tener la capacidad de rearmarse y seguir cada vez que algo revuelve sus recuerdos: “Yo todavía no declaré. No puedo. Necesito recomponerme para empezar otra vez. Declarar es revivir todo. No sólo tengo que declarar ahí sino después en el juicio. Cerrás los ojos y hablás pero no es gratis. Mi cuerpo reacciona contra esas cosas. Esta semana me agarré una bronquitis. Tuve una época con ataques de pánico.”

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A pesar de esa rebelión de su cuerpo, o quizás gracias a eso, Odila siempre continuó su militancia en la Comisión de DD.HH. de Hurlingham. El cargo de directora, que hoy ocupa, es algo que nunca buscó, porque si hay algo que parece molestarle son las jerarquizaciones. “El que se acerca a mi es Juan (Zabaleta, intendente del municipio). Nunca me dijo ‘vos vas a ser la directora’. En una reunión de vecinos poco antes de las elecciones dijo ‘vamos a tener una Dirección de DD.HH., y Odila va a ser la directora. Se está enterando ahora’.” Admite que es un desafío importante porque hay muchas cosas por hacer.

Desde ese lugar se encarga de organizar y llevar a cabo visitas de colegios al Museo de la Memoria, actividades con referentes, contención y asistencia a familiares de desaparecidos entre muchas otras. Actualmente está trabajando con un equipo interdisciplinario en la Casa del Niño, que fue un centro clandestino de detención. La oportunidad de llevar a cabo la investigación no se había dado nunca antes, señala, por la inexistencia de políticas en Derechos Humanos de la gestión de Acuña, el anterior intendente.

Sin embargo Odila tiene muy claro que su trabajo fundamental es en los colegios: “Estamos laburando mucho el tema de violencia institucional. Ahora se viene mucha represión y los pibes son un blanco tremendo. Especialmente los pibes que viven en casas humildes, que son morochitos, que se visten así y asá. Y la gente colabora muchísimo con eso. Ya los ven y son todos pibes chorros”, puntualiza.

Uno de los temas más tratados en las actividades con las escuelas es la memoria: “Si empezamos a tapar la historia sonamos, estamos fritos. Todo el tiempo, aunque algunos piensen que es algo que ya pasó, hay que recordarlo, aunque sea con más dureza.” En el contexto de la implementación de una serie de políticas favorables a las fuerzas armadas y de cuestionamientos a hitos históricos como la cifra de desaparecidos, Odila señala que hay que prestar atención a lo que sucede: “Que vos digas que tuviste durante un mes una compañera muerta al lado tuyo, es lo que hace que se sepa qué era esta gente que hoy desfila en Tucumán, y que está siendo juzgada. No queremos que vuelva. Que sean juzgados y que se pudran en la cárcel. No que tengan honores y desfilen por la calle. Es una vergüenza eso. Es imperdonable.”

El vínculo entre el pasado y el presente es algo que Odila no pierde de vista: “Los que hoy deberían ser dirigentes en este país no están. Son todas unas generaciones que se fueron. Tipos sumamente comprometidos que no están. Cuando hoy se dice “la patria es el otro”, para nosotros en ese momento la patria era el otro”, reflexiona.

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Cuando se le pregunta qué se imagina que estaría haciendo Eduardo hoy, responde sin pensarlo dos veces: “lo veo no siendo alguien importante, con un cargo, pero sí dirigiendo la batuta. Porque era responsable, muy laburador, más que nada con todo lo que tuviera que ver con la militancia.” Y es ahí donde se vislumbra el hilo conductor de su lucha: “Por momentos es como si ni siquiera hubiese pasado el tiempo. Uno tiene toda esa sensación de extrañar y de acordarse de cosas muy lindas: De cómo éramos siendo tan jóvenes y el amor tan grande que nos teníamos. Creo que hago lo que tengo que hacer. No podría hacer otra cosa que no fuera esto. Ocuparme de él y de todos los compañeros que pelearon como él.”

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