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Alejandra frente al espejo

“Eran las cinco de la tarde los sábados y yo cerraba la puerta de mi casa con candado”, relata Alejandra Esteche rememorando sus miedos, sentada al vilo de un sillón simil-cuero marrón en el café de una estación de servicio de José León Suárez.

Txt: Guillermo Poysegu, Florencia Abel / Fotografìas: Facundo Nívolo

La seña era concisa: un chiflido filoso e inconfundible rasgaba la calma y bastaba para que la casa temblase con sus habitantes apiñados dentro. En una rutina de abuso y violencia, ni el cerco perimetral, ni las constantes denuncias lograban impedir que Gabriel, su ex pareja, entrase “como pancho por su casa a molestar, a romperlo todo”, describe.

Una insistente llovizna acompaña el relato de Alejandra que en sus 38 años asegura que cuenta con un expediente en casos de violencia de género que escapa a la dimensión que sus manos pueden enmarcar en el aire. “Ni así me ayuda”, denuncia enfática.

A los 16 años comenzó su relación con “Gabi”. Luego de abandonar el colegio y tras el cumplimiento de las dos condenas penitenciarias de él, se mudaron juntos a una pieza donde vivieron con sus cinco hijos en un constante ir y venir. “Me he separado, pero en el día volvía, máximo a los dos”, explica Alejandra, poniendo de manifiesto la fórmula ya conocida de la dependencia económica.

“No siempre fue así”, lo describe a Gabriel, que además de ser su ex pareja es vecino del barrio. “Él al principio no tomaba. Después cuando empezó a trabajar en Covelia comenzó a tomar pero no molestaba”, continúa Alejandra, abrigada hasta el cuello con una polera marrón por debajo de una campera violeta.  “Al principio, cuando me pegaba era porque yo le llevaba la contra”, explica. Luego, todo se agravó cuando él estaba cumpliendo su primer condena por homicidio en riña. Gabriel la acusaba de tener relaciones sexuales con los demás presos del penal. Con el tiempo esos planteos se transformarían en una vorágine de alucinaciones obsesivas de la figura de Alejandra con otros hombres. “Igual, la tipa seguía igual”, redunda ahora otra Alejandra sobre su imagen joven del pasado.

Verborrágica, lanzada y sin dudas, encuentra un límite al momento de marcar un quiebre. No señala un último golpe ni un abuso determinante sino que pareciese que el hartazgo escaló desde el fondo de su cuerpo. “Es como que ya me habré cansado de tantas peleas. No sé en qué momento fue”, dice, y exhibe una cicatriz profunda que atraviesa la palma de su mano como resultado del primer golpe que le devolvió en la cabeza con un vaso de vidrio. “Es la última vez que me rompés la cabeza. No la contás más vos”, le respondió él cubierto en  sangre, a una Alejandra atemorizada y deseosa de ser tragada por la tierra.  Y es que no existe un último golpe, una última forma de abuso. El historial avanza y se anuda en diversas formas. “Ahora no me molesta más cagándome a palos, pero por telefóno es una tortura”, cuenta sobre el acoso que recibe en cualquier momento y lugar en forma de balbuceos incomprensibles.

Alejandra ha denunciado los mensajes en el Juzgado de San Martín, pero la respuesta que obtiene una y otra vez es inútil: “No podemos hacer nada. No le podemos decir que te deje de molestar:” La dinámica se repite de una forma absurda, dejando un resabio de burla y una única respuesta posible: “¿me estás cargando?”. En la “comisaría del pobre”, la situación no fue diferente. La policía que tomó su reclamo por la manutención de sus hijos sentenció: “yo veo que vos podes trabajar”.

”Es obvio que tengo miedo, no quiero que me maten”, declara ante las maquinadas amenazas de Gabriel, que le advirtió más de una vez que se desharía paulatinamente de su cuerpo destrozado en bolsas de consorcio: “Mirá si yo me voy a comer homicidio agravado por el vínculo y alevosía… porque si te mato, te voy a destrozar toda.”

“¿En serio te pagan un plan? Bueno cagame a palos, así voy a cobrar yo también”, ironizó Gabriel cuando se enteró de que Alejandra recibía un ingreso mensual por ser su víctima de violencia de género. Desde el 2013, Alejandra forma parte del programa Ellas Hacen, que depende del Ministerio de Desarrollo Social y se destina a mujeres en situación de vulnerabilidad. Uno de los tantos objetivos del programa es acompañar a las mujeres en la finalización de sus estudios primarios y secundarios. Por este motivo, Alejandra estudia, desde hace tres años, en una sede del Plan FINES (Programa de Finalización de Estudios Primarios y Secundarios), en el Barrio Lanzone, a pocas cuadras de su casa. “Te dan el plan con la condición de que estudies y de que hagas los talleres. Tuvimos hasta talleres de violencia de género”, cuenta mientras vacía su taza de té esa tarde lluviosa de junio.

En la historia de Alejandra, el estudio marcó un quiebre: “Yo cambié cuando arranqué a estudiar”, estima. Y no sólo ella misma se ve distinta, sino que también sus compañeras y amigas de aula la ven de otra manera: “las chicas dicen que yo cambié, como que me rebelé”, relata. Esta etapa de Alejandra está signada por otras velocidades, por otras compañías y por otra manera de comunicarse. Está distinta y hasta el violento de Gabriel se dio cuenta: “como hablás ahora, que buen léxico que tenes”, le escribe en uno de los tantos mensajes hostigadores de texto.

Ya sin Gabriel, viviendo con cuatro de sus cinco hijos en una pieza alquilada, Alejandra no piensa en divorciarse. “No, yo no me voy a separar, porque si yo le doy la separación y a él le llega a pasar algo, yo pierdo los beneficios”, calcula como evidente su futuro. Y agrega: “si un día le llega a pasar algo, es un beneficio para mí, porque me voy a quedar con la pensión. En cambio si yo me separo, ¿de qué van a vivir mis hijos? Encima son todos chicos”.

En medio del barullo de fondo del bar, Alejandra recuerda, contemplando sus manos, el momento en que decidió, mirándose al espejo, recuperar su autonomía: “vos estás loca si volvés con este tipo, si te esta diciendo que te va a matar”. En la actualidad, después de ese dialogo interno, es otro el reflejo que le devuelve el espejo, es otra Alejandra. Una distinta, en pleno proceso de cambio, proyectando, incluso, con comenzar una carrera universitaria, piensa en Derecho.

Afuera, al final de la tarde, con la lluvia todavía de fondo, Alejandra, con su cuerpo en estado rígido, dispara, como para sí, como si hablara hacia adentro: “con todo lo que viví, o aprendí, o aprendí”. Y repite, como si se lo dijera al actual reflejo que le devuelve el espejo: “Con todo lo que viviste… Con todo lo que aprendiste.”

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