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El delito del cuerpo

Txt: Eliana Esteves / Fotografía: Facundo Nívolo 

“Por qué será que te muerdes la lengua 
es el miedo que se para frente a vos
si te ahorca la memoria
no te dejes arrastrar
vamos afuera que mis amigos se van”

Carnaval toda la vida – Fabulosos Cadillacs

El pibe se mueve. Hace subir y bajar sus piernas en todas las direcciones, como impulsado por una corriente eléctrica interna, invisible. Tira brazadas al aire, como golpes pero de manos abiertas mientras revolea sus pies lo más alto posible. Su cuerpo chiquito, elástico y desarticulado sigue el compás que le marcan el bombo y el platillo. Y el gendarme, que no concibe esa libertad, que no conoce esa alegría de abandonarse al impulso del ritmo, decide que a esa subversión, a ese cuerpo que sólo obedece a la música del carnaval, hay que pararlo. Con balas.

¿Qué significado histórico hay detrás de un grupo de gendarmes que le disparan a un grupo de pibes que bailan murga en los días previos a los carnavales? Hay condensados cientos de años de conflicto de clases, hay una significación política de esos cuerpos que se expresan en el espacio público. La represión que sufrieron Los auténticos reyes del ritmo, la murga de la villa 1-11-14 el viernes 29 de Enero por parte de Gendarmería desafía la capacidad de comprensión.  Pero vale la pena hacer el intento.

Para entender las marcas de las balas en la cara de Ariel Sulca, de ocho años, o el agujero en la pierna de Jonathan González, son claves dos conceptos: cuerpo y carnaval, ambos conflictivos históricamente y cargados de una fuerte implicancia política. No hace falta ir muy lejos en nuestra historia para ilustrar esta idea. Los feriados de carnaval en la Argentina fueron suprimidos por la última dictadura militar, y se restituyeron en el año 2010 por un proyecto de ley de Cristina Kirchner.

 

El carnaval, la risa popular

Mijail Bajtin, filósofo ruso del lenguaje y semiólogo investigó a la cultura popular desde su interior. Quiso dilucidar qué es lo que la diferencia de la cultura oficial-hegemónica. Uno de los elementos centrales en su análisis es la plaza pública, que señala como el espacio en el que el pueblo “lleva la voz cantante”. En la plaza, la comunicación del pueblo escapa al lenguaje oficial que especializa y legitima a las instituciones. Es un lenguaje ambiguo, ambivalente, que es capaz de reinterpretar y parodiar al dominante, y que genera mediante esos mecanismos una “atmósfera de libertad.”

Para ese lenguaje de la plaza pública, Bajtin señala al carnaval como el “tiempo fuerte”: es el momento en el que se alcanza la plenitud de la afirmación del lenguaje del pueblo. El cuerpo-pueblo –entendido como el cuerpo individual pero también como identidad colectiva- reclama, ocupa el espacio público para desafiar las jerarquías y presentarse como alternativa y parodia del cuerpo legitimado y dominante.

Una de las herramientas de las que se vale ese cuerpo-pueblo es la risa, pero no como expresión de diversión, sino como “oposición y reto, desafío a la seriedad del mundo oficial (…) y su identificación de lo valioso con lo superior”. Se trata de la risa popular: “una victoria sobre el miedo.” Los pibes que salen al barrio a bailar hasta la madrugada tornan ridículas, desafiables a las instituciones que todos los días los controlan. Lo sagrado del poder, de la moral, lo incuestionable de la autoridad, durante el carnaval pasa a ser objeto de risa, y entonces pierde fuerza.

La libertad de quien sale a la calle y la reclama como espacio propio va contra la lógica de las instituciones. La represión como respuesta a ese desafío es la manifestación más explícita del conflicto entre actores: uno corta la calle para ensayar su murga carnavalera, el otro pierde poder sobre ese espacio que está habituado a controlar, y sabe que ese poder durante el carnaval es menos negociable que nunca.

 

El cuerpo empoderado

El gendarme que dispara a mansalva con balas de plomo, la acción directa de la represión, habla de la importancia del cuerpo como factor de base para el funcionamiento de la dominación: la escritora Silvia Federici señala que en los inicios del capitalismo, tanto la medicina como la iglesia y el mercado naciente se concentraron en estudios minuciosos de la anatomía humana, su composición y su mecánica. El objetivo que perseguían era el de optimizar la utilidad del cuerpo de los individuos para el trabajo. El pueblo debía ser encauzado fuera de la “vida ociosa” y en línea con las necesidades del mercado. Sin fuerza de trabajo no hay generación de capital.

El cuerpo pasó a ser la principal herramienta de ingeniería social a través de su disciplinamiento y puesta al servicio del trabajo. Todo comportamiento no productivo debía ser anulado, no ya por fuerzas externas sino por lo interno: la moral y las costumbres, lo que se lograría a través de las instituciones como las iglesias y las escuelas. Los sujetos debían llegar a una instancia de autocontrol.

Pero así como el cuerpo constituye la máquina primaria del trabajo, como señala Federici, es también su límite, porque es a través de él que se ejerce la resistencia. Y el carnaval es ese momento pleno de resistencia del cuerpo-pueblo. Se produce un doble mecanismo de reclamo de soberanía: el pibe que durante el carnaval sale a la calle a bailar y reírse sin miedo, sin importarle el policía parado en la esquina, toma como propio el espacio público que constantemente se le niega. Y al mismo tiempo se sabe dueño de su cuerpo y se enuncia como tal. Los disparos de las fuerzas de seguridad –vale preguntarse ¿seguridad para quién?- aumentan la distancia entre el cuerpo-pueblo y las instituciones, lo que al fin y al cabo termina por fortalecer el significado del desafío de los cuerpos, que aún así salen por esa noche a bailar al ritmo del volteamiento de las jerarquías.

 

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Bibliografía:

Federici, S., Calibán y la bruja, Editorial Tinta Limón, 2004

Martín Barbero, J., De los medios a las mediaciones, GG Mass Media, 1984

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