Villa Concepción: La familia Cannataro

Por Eliana Esteves y Facundo Nívolo

Irrumpieron en su casa a las tres de la madrugada tirando la puerta abajo. Estaba Leticia con su hija, sus dos hijos y su marido, Tomas Cannataro. Era él a quién buscaban.

 

 

El barrio

Villa Concepción es un barrio de casas bajas en el partido bonaerense de San Martín. Todas sus calles desembocan en la plaza, rodeada por la escuela 48 y la salita de salud.

Fundado en 1944 con la gestión del entonces subsecretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón, es el primer barrio peronista. Así se lo hizo sentir la dictadura desde 1955, cuando no se salvaron de la persecución ni siquiera los niños. Todo símbolo que mencionara a Evita o Perón debía ser silenciado y para este barrio, eso significaba ser apagado.

A contrapelo de lo que la dictadura quiso, la resistencia creció y la avanzada del sueño revolucionario de aquella época no fue la excepción en Villa Concepción, que tenía cantidad de militantes tanto de Montoneros como el PRT-ERP.

Aquel agosto de 1978 vino plagado de novedades: Jorge Videla dejaba de ser la autoridad máxima de las fuerzas, para dejarle su lugar al general Roberto Viola: “Este será uno de los pasos que habremos de recorrer hacia un régimen democrático y pluralista”, clamaba en Cadena Nacional el dictador retirado. En Río Seco, Córdoba, los avistamientos de OVNIs no cesaban. La agencia Noticias Argentinas reproducía la información de la policía, sin testigos, pero con la ratificación de la Jefatura de la Provincia: “los datos aportados son dignos de fe.”

 

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Parte1

En la noche previa al 3 de agosto River aplastó a Independiente en la cancha de Vélez echándolo de la Copa Libertadores. Fue un 4 a 1, con un golazo de tiro libre de Daniel Passarella, quien venía de ser el capitán campeón del mundo con la selección nacional cuarenta días antes.

La familia hincha de River extendió los festejos hasta tarde. Miguel recuerda esa cena familiar como una de las más felices, no solo por esa sobremesa, por ese triunfo de River, sino porque fue la última que vivió con su viejo.

En la intersección de las calles 19 y Bermejo, la familia Cannataro se fue dormir sin levantar la mesa. En el living-comedor amplio reinaba el silencio, salvo por el cantar de uno o dos grillos rezagados desde el patio. Era jueves, bajo una noche de invierno leve con 17 grados de temperatura.

A las 3 de la mañana tiraron la puerta abajo. Eran policías de civil. Tres se metieron en el cuarto de Leticia y apresaron a Tomás, preguntándole infinidad de veces por su nombre. La respuesta se repetía: “Tomás Canataro, Tomás Canataro, Tomás Canataro”. Al otro cuarto fueron por los pibes. Ese era el miedo de Leticia, porque Miguel era bastante grandote pese a sus 14 años y tenía miedo de que se la agarraran con él. Al chico lo pusieron boca abajo y cuando volteó a mirar quiénes eran los que atacaban a su familia se comió una patada en la cara.

Pero la bronca era con el padre. Tomás era un laburante de la construcción, manejaba un camión mezclador de cemento y era militante de Montoneros. Lo quisieron agarrar en el comedor. La resistencia se hizo notar por los incesantes ruidos metálicos de la mesa y los vasos y platos reventándose contra el suelo. Mientras querían taparle la boca con cinta rezaba a los gritos. Sus captores no entendían semejante reacción: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad…” Hasta que interrumpió: “No me tapen la boca, por favor. Soy asmático, no voy a poder respirar”, explicó dificultosamente.

La familia se calmó y dejó de resistirse. Los policías se dedicaron a tomar los dos licores que encontraron, comerse el pollo que había sobrado y luego llevarse el salario de metalúrgica que Leticia tenía guardado en el cajoncito de mesa de luz. “Hasta las fotografías se llevaron”, recuerdan madre e hijo en el mismo comedor, en la misma casa, en el mismo barrio, 37 años después.

 

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Parte2.

El colectivo se detuvo. El sonido pesado y duro de las botas subiendo la escalera le revolvió las tripas y la memoria, creció por su columna y le apretó cada músculo del cuello y los brazos.” Ahora las botas invadían el pasillo, acompañadas por sus gritos y el ruido metálico de sus armas. La tensión ya se le había enredado en las manos. Desde el fondo del colectivo no era fácil distinguir sus caras, pero eso no era importante. Antes de que pudiera hacerlo habían alcanzado su asiento. La transpiración le empapaba la frente. El dolor se le había trepado ahora a los nudillos, que levantó de una sacudida. El ojo cíclope sin fondo del arma le dio su última mirada.

 

Miguel se despertó de un golpe, respirando con dificultad. Las botas y los gritos se habían callado pero el dolor seguía agarrado a sus manos. Sus nudillos y la pared de salpicré del lado de su cama estaban manchados con su sangre otra vez.

-¿Por qué no vas a tomar algo, Leticia?

El vecino de enfrente, que había podido espiar cómo se llevaron en el medio de la noche a Tomás, junto con Claudito Fernández y Pichón, había estado mirándola desde que cebó su primer mate de la mañana. Pensaba en el gordo Repetto. Dos meses habían pasado desde que se lo habían chupado.

Las ojeras en la cara de Leticia delataban la noche en vela, sin moverse de la puerta de su casa.

– No, ya viene. Tomás ya viene- respondía invariablemente. Él no había hecho nada. Tenía que venir. Ese día Leticia no atinó a entrar a su casa. Tomás tenía que volver y ella lo iba a esperar aunque el sol ya estuviera poniéndose otra vez.

-¿Qué hacés acá vos? La voz de su vecina, Mari, la sacó de su ensimismamiento.

–Estoy esperando. Ahora le preguntan a Tomás quién es y ya lo dejan venir.

Mari la empujó al interior de la casa:

-¡Andá para dentro! Hay que empezar a hacer cosas, nena. Vamos a la comisaría.

Una vez allí, Leticia, que sentía como se estrujaba su estómago aún vacío, se encontró con un policía que la miraba desde el otro lado del escritorio con un gesto extraño.

-Qué desastre hicieron anoche señora, qué desastre…

Sus ojos se movían sin parar entre la cara del hombre y una lista apoyada en la mesa que tenía los nombres de todas las familias a cuyas casas habían entrado los militares.

-No pudimos hacer nada. Teníamos prohibido intervenir-, fue la única respuesta que pudieron sacarle al uniformado, la primera de ese laberinto de preguntas a la nada que Leticia, sin saberlo, iniciaba en ese preciso momento.

Los siguientes días de los Cannataro transcurrieron en casas ajenas, las pocas que les abrieron sus puertas. La rutina se repetía invariablemente: dormir en algún sillón o cama prestado hasta la supuesta llegada repentina de familiares lejanos o la sencilla remoción de la cama en la que dormían por conveniencias de distribución mobiliaria.

–Nosotros no somos gitanos para andar ocupando casas de los demás. Tampoco hicimos nada y lo que pasó no va a pasar nunca más-, dijo Leticia a sus tres hijos el día que su hermana le comunicó que no podían seguir durmiendo en su casa. Podría haber sido la misma explicación que le diera a su madre, que llegó a su casa cinco días después del secuestro de Tomás, si no hubiese sido porque se negó a acercarse más allá de la vereda de enfrente.

Sin embargo los motivos no importaron y tampoco los amigos de la familia se zafaron de ese esquema de miedo y abandono. Así como pronto tuvieron que volver a quedarse a dormir en su casa, también dejaron de llegar las antes usuales invitaciones a reuniones.

La vida de Leticia comenzó a reducirse a noches sin dormir, espiando por la rendija de la puerta de calle en busca de los zapatos de Tomás, y a días de hacer fila en la puerta del Ministerio del Interior, donde esperaba que las palabras de alguna empleada administrativa le pusieran fin al calvario de la incertidumbre.

 

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Todos los meses se repetía el mismo ritual: acercarse con Ricardo en brazos, las lágrimas atragantadas y las rodillas de gelatina, pero firme en su convicción de escuchar algo diferente al “estamos averiguando” mecánico que soltaba la mujer del mostrador. Luego, subir al colectivo, soltar el llanto y ante el ofrecimiento de algún asiento o llamar a un médico, contestar con su verdad, la que nadie parecía querer escuchar: “¡No, me siento mal. Yo quiero que todos sepan quelos militares me llevaron a mi marido!”

A pesar de su persistencia, con el paso de los meses Leticia comprendió que la respuesta a sus preguntas no cambiaría. Entonces fue ella quien cambió su planteo. Todavía insegura de estar preparada, pero aun así decidida, le dijo a la mujer del mostrador:

-Vengo a preguntar por Tomás Cannataro. Pero quiero pedirte un consejo… Yo conseguí pareja y él quiere casarse… – apenas podía parar el temblor de sus rodillas- ¿Vos te imaginás si me caso y él aparece? No sé cómo hacer. ¿Vos qué decís?

La empleada administrativa desapareció por unos minutos, que podrían haber sido días. Leticia sólo se podía concentrar en que no le fallaran las piernas. La mujer reapareció y respondió a secas:

–Casate.

El mundo de Leticia se cayó. Sin entender bien cómo, se las arregló para volver a su casa. Apenas llegó mandó a Miguel a comprar pan con sus hermanos. Ya sola descargó su furia con el único que ella sentía que quizá no la había abandonado hasta ese día: el suelo de su casa quedó hecho un cementerio de santos, virgencitas y crucifijos rotos.

Pero de lo que no se ocuparon la familia, los amigos y las fuerzas divinas, se hicieron cargo sus compañeros de trabajo. Cuando Leticia volvió a su rutina en la autopartista Elistar, ellos le hicieron saber que no estaba sola. Cada día que pasaba encontraban un nuevo motivo para abrazarla y deslizarle plata en los bolsillos del delantal, siempre con una pericia que impedía que se diera cuenta.

De a poco, y con la insistencia de sus tres hijos, Leticia recuperó algo de ánimo, apenas el suficiente para ir al médico. Sus 44 kilos de peso y su agotamiento ameritaban revisiones periódicas. Fue durante una de sus consultas que su médico, parado frente al ventanal rojo del consultorio y con aire apesadumbrado, le advirtió:

-Le voy a decir una cosa, y quiero que se vaya y no vuelva.

Leticia no entendía cómo podía hablarle así sabiendo todo lo que ella estaba pasando. Pero el médico continuó:

–Si sus hijos se quedaron sin padre, falta muy poco para que se queden sin madre. Váyase y no me pise más acá.

Las palabras del médico cayeron sobre Leticia como un balde de agua fría. Salió a la calle y entre su enojo renovado con Dios y la estupefacción por el trato del médico sentenció:

–Tengo que ponerme bien. Porque sin madre no se van a quedar.

 

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Parte3.

“¡Si quieren venir, que vengan! ¡Les presentaremos batalla!”, vociferó Leopoldo Galtieri desde el balcón de la Casa Rosada un 2 de abril de 1982, con los ojos brillosos y una modulación dificultosa.

En la Plaza de Mayo miles de argentinos lo escuchaban eufóricos y festejaban la decisión de ir a la guerra con Inglaterra para recuperar las Islas Malvinas. Sin embargo, tanto en el exterior como en el país los desaparecidos, los robos de bebés, las torturas sistematizadas, la política económica de vaciamiento del Estado y todas las atrocidades cometidas por la dictadura empezaban a ser imposibles de tapar. A Miguel Cannataro le tocó escuchar ese discurso mientras realizaba el servicio militar.

Ya habían pasado cuatro años desde que los militares habían secuestrado a Tomás, su padre, y cinco meses desde su incorporación a la colimba. A pesar de los intentos de Leticia, de interceder por él en el Ministerio del Interior, no tuvo otra opción más que la de armar su bolso e instalarse en Campo de Mayo, donde los militares de cargos altos se ocuparon de hacerle saber con rapidez que sabían perfectamente quién era, y más aún, quién había sido Tomás: “Soldado, usted se tiene que portar bien. Su padre fue un extremista”. Fue el tipo de advertencia que tuvo que escuchar durante el tiempo que duró su servicio militar.

Dentro de la colimba, Miguel no tuvo contacto con el “estamos ganando” que impulsaban los medios masivos, como la revista Gente, en una campaña de reivindicación de la guerra. A pesar de eso y la tiranía de los cuarteles, no tuvo que pensar demasiado para pedirle a uno de los capitanes que lo dejaran ir a las Islas: “Queríamos ir a la guerra. Nosotros no podíamos estar ahí mientras los pibes se estaban matando”, recuerda.

Pero su pedido no tuvo respuesta, y tanto él como sus compañeros vieron desde el continente cómo los militares enviaban cientos de pibes pelear a las Islas. Esa experiencia, y sobre todo la desaparición de Tomás, marcaron la vida de Miguel.

Años más tarde se radicó en un pueblo de Córdoba, donde su fuerza y su necesidad de escarbar en el silencio sacaron a la luz muchas historias similares a la suya. Tanto allí como en los pueblos vecinos los familiares de desaparecidos empezaron a compartir sus historias y a nuclearse.

Entre otras cosas Miguel impulsó la creación de una Comisión de Derechos Humanos. Las radios locales también se hicieron eco de su lucha y su trabajo creció a tal punto que en 2011 los vecinos gestionaron la construcción de un monumento a los desaparecidos y a las Madres de Plaza de Mayo: “En los negocios del pueblo conseguimos todo. Queríamos que el reconocimiento no fuera individual sino grupal. Todos colaboraron”, relata sobre la estatua que hoy mira a la ruta

 

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Un comentario en “Villa Concepción: La familia Cannataro

  1. Hola soy Ricardo Elías Canataro el hijo menor de leticia y tomas. Símplemente quiero agradecerle por el exelente trabajo que realizaron .Y decirles que cuentan con migo para lo que necesiten. Nuevamente gracias y felicitaciones

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